


“… la derrota no es una opción
y ya no hay excusas…”
Héroes del Silencio, Parasiempre
Antes del infierno grande, el del Soplao, pasé por el pequeño infierno que constituye fracasar en un propósito y rumiar durante un año entero el desagravio. En la edición de los 10.000 del Soplao de 2.008 me retiré tras pasar la mitad de la prueba. De nada sirve después buscar explicaciones o “ysis”: “Y si hubiera hecho esto… , y si hubiera hecho aquello.” Repasaba mentalmente el proceso: avería mecánica, caída de mi compañero, mala gestión de las paradas, la alimentación y el esfuerzo, poco ánimo para continuar sabiendo que la noche caería antes de terminar. La retirada me escoció durante semanas y el único lenitivo era saber que al año siguiente volvería a intentarlo.
En ese año de espera impaciente han pasado cosas importantes de verdad y maravillosas. Nació mi segundo hijo, Alberto, una preciosidad cuyo encanto, para fatiga de sus padres, ha resultado inversamente proporcional a sus horas de sueño. Y el mayor (aunque también pequeño), Alejandro, que además de ser guapísimo ha desarrollado dos hábitos a priori incompatibles: trasnocha y madruga. La combinación de ambos es demoledora: infinitas alegrías y muchos, muchos bostezos.
La preparación para la carrera no fue demasiado bien. En diciembre de 2.008 me rompí la cabeza del radio derecho en una caída. El Día de los Inocentes me quitaron la escayola, así que con un poco de retraso estaría listo para empezar los entrenamientos enfocados a el Soplao en las primeras semanas del año nuevo. Me inscribí pronto (dorsal 35). Cuando en la salida o durante la carrera veía algún dorsal “bajo” (100 o inferior) pensaba: “Mira, otro cagaprisas al que le faltó tiempo para apuntarse en cuanto se abrió el plazo”. No sabía al confirmar mi inscripción que el 24 de enero me iba a caer otra vez y a romper, en la misma articulación, el mismo hueso y por el mismo lugar. El asunto se ponía mucho más serio: otra férula, pérdida de movilidad, posible operación… En la semanas siguientes, mientras me entrenaba en la bicicleta estática, la opción más probable era que tuviera que llamar a la organización y pedirles que cancelaran mi inscripción. Otro loco de la bicicleta podría aprovecharse, que al ritmo que marchaba entrega de dorsales, iban a faltar seguro. Decidí esperar y empezar la recuperación, muy lenta y, será que me he vuelto quejica, muy dolorosa. A menudo he bromeado diciendo que si hubiera dedicado al entrenamiento la mitad de las horas que he empleado en la rehabilitación (calentamiento, ultrasonidos, corrientes, extensiones, contracciones, hielo… y vuelta a empezar) podría hacer el Soplao “sobrao”. De entrada (vistos mis antecedentes) me prohibieron cualquier tipo de actividad de riesgo, así que adiós a la primera parte del Circuito Cántabro de Duatlón con el equipo de la UC de Triatlón. Semanas después, la consigna del médico y la fisioterapeuta cuando les comentaba que quería participar en tal o cual prueba era clara: “Vete, pero no te caigas ni te rompas nada”.
En marzo volví a subirme a la BTT con muchas precauciones: codera, pistas fáciles, rutas casi sin descensos o descensos muy lentos, y sobre todo con bastante inseguridad y torpeza por mi parte. Como quiera que pasó el 30 de abril y no había llamada a la organización para des-inscribirme, ya no habría vuelta atrás. Con dos días por semana de entrenamiento en bici (uno largo de 90 Km. aproximadamente y otro más corto pero a ritmo más alegre) y sesiones de gimnasia (elasticidad, abdominales y lumbares) fui perfilando el único objetivo posible: terminar el Soplao.
Los días anteriores al gran día creo que han sido muy parecidos entre los participantes: consultas rutinarias a páginas web con predicciones meteorológicas (entre unas y otras había contradicciones grotescas), preparación de la BTT y selección del resto de material. Fijándome en esos prolegómenos, con listas de ropa, herramientas, repuestos… a veces parecía más una expedición al Himalaya que una prueba cicloturista.
Las predicciones del tiempo al final acertaron. Desde mitad de semana auguraban que podía pasar cualquier cosa, ya fuera lluvia, nubes, sol, viento variable, y así fue, nos hizo de todo: imposible equivocarse. Un típico día de primavera revoltosa.
Para mí la carrera empezó verdaderamente la tarde anterior. Esa sensación en el estómago que aúna nerviosismo y templanza ante lo inevitable, iba creciendo poco a poco. Material al coche antes de ir a dormir, mirada de reojo al cielo cada vez más encapotado y a la camita sabiendo (lo escribieron en el foro) que ya empezaba a llover por Cabezón. La tormenta de madrugada (barro en la mañana) no me la tuvo que anunciar nadie: ya la oí yo.
Parece mentira: meses preparando un acontecimiento, y cuando me acerco callejeando al punto de salida, por los altavoces ya están en la cuenta atrás del último minuto. Como no soy el único “despistao”, hay carreras para entrar en el pelotón, para ver por dónde nos colamos en la masa que después de la traca empieza a avanzar lentamente. Le pido a varios espectadores que se aparten, levanto la cinta de la organización, y meto rueda a ver si alguien me cede el paso para incorporarme a la marcha y… y ¡ya estoy en ruta! He estirado a conciencia pero apenas he calentado dando pedaladas: hay Kilómetros de sobra para eso. Al comienzo todo es buen humor a ritmo relajado y fácil. Cae algo de lluvia y hay bastante barro, pero nada que no supiéramos o imagináramos. El bullicio se calma un poco con los primeros rampones y la tensión de las primeras bajadas. Descubro que voy a pasarlo peor en los descensos que en los puertos. Tras un breve primer avituallamiento (plátano –el primero de muchos–, agua y bebida isotónica) los obstáculos serios empiezan con el barrizal de La Cocina. Aquí claudico por partida doble. Primero metiendo el plato pequeño, sí, esa pieza decorativa de la bici durante el resto del año, y después echando pie a tierra. En el trayecto pedestre algunos que iban sufriendo sobre la bici van delante de mí a una distancia casi constante durante toda la subida.
Tras otro barrizal en la bajada la organización ha colocado puestos de limpieza con agua a presión (otro detalle entre mil, todos acertados). Después llegan más subidas y en el puesto del Soplao (Km. 35) me sorprende la media que llevo: a este paso acabo en menos de 11 horas. ¡Ay, iluso! Superar el punto negro de la bajada a Celis (con mucho la zona más peligrosa y técnica) sube mi autoestima: si el codo ha aguantado esto, lo aguantará todo. Por otro lado me resulta agotadora la tensión en piernas y espalda para amortiguar lo que el brazo no puede. Otro manguerazo a la bici (gracias a unos vecinos de Celis), varios Kilómetros de enlace hasta la siguiente gran subida, con cruce de cauce seco de río incluido, y ya estamos en el monte Aá (Km. 45) y sus rampas del veintitantos por ciento. La bajada hacia Ruente por el bosque es preciosa y razonablemente descansada. Este descanso me permite confirmar lo que ya sospechaba desde los tramos más embarrados: me voy quedando sin cambio trasero. Sólo pasa bruscamente de piñones grandes a pequeños, con muy mal retorno y todo cuando le parece.
En Ruente los aplausos y los ánimos nos hacen sentir como héroes. Mal que bien llego a la campa de Ucieda donde el puesto mecánico me da la triste noticia: el cable de cambio está fatal y las fundas peor. Me hacen un apaño para seguir con piñón grande con posibilidad de cambio, pero la subida de piñón sólo puedo hacerla a mano, es decir, tirando del cable previamente desenfundado sobre el cuadro. Todo muy moderno y sofisticado, vaya, pero gracias a esta solución puedo continuar. A eso se le llama ir “a piñón fijo”. Como fruta y un bocadillo y sigo hacia el Moral.
Tras Ucieda (Km. 66) empieza lo serio. Los primeros Kilómetros de este puerto me han parecido los más duros del recorrido. Entre el cansancio acumulado, los chaparrones y lo mal que me sienta el bocadillo de chorizo (una recomendación: tomad sólo frutas y líquidos) me apeo varias veces y la hora y media larga hasta la cima se hace casi interminable. Se ven ya abandonos frecuentes y gente desfondada en las cunetas. Un señor con un campano, buena voz y mucho humor nos ameniza las últimas cuestas. Como no había cobertura en Ucieda, en la cumbre llamo mi cuñado para que me acerque la bici de repuesto-emergencia que había dejado preparada por si acaso. Le tendré que esperar en el puesto de Juzmeana pero es preferible eso al abandono.
En el descenso me cruzo con los primeros. Suben como tiros. ¡Qué envidia!, pero no por el puesto, sino porque en breve ellos van a terminar y pueden descansar. En Juzmeana (Km. 88), ese prodigio de la mecánica que se llama Heliodoro (Bicicletas Kronos, Torrelavega) me dice que si espero un poco me cambia el cable y las fundas del cambio. Vamos, que me resucita. Y lo dice tan tranquilo. “Pues nada, ponte a la faena y muchas gracias”, ¿qué otra cosa le puedo responder?
Dicho y hecho, en menos de media hora tengo la bici a punto con el cambio trasero como de estreno. Espero un poco más a mi cuñado, pues aunque no cambiaré de bici me viene muy bien para ir dejando peso: adiós camelback, adiós chubasquero, adiós cachivaches varios que llevaba en los bolsillos. La media que llevaba para bajar holgado de 12 horas se ha ido al garete, pero no importa. Tras más de una hora de parada, algo rígido pero animado, empiezo el puerto de Fuentes.
Este puerto es precioso, larguísimo pero sin rampas que asusten. Sin embargo lo que más me llama la atención es el silencio. No el silencio del bosque, los pájaros, el trote de dos corzos que cruzan a toda velocidad ladera abajo delante del pequeño grupo en el que voy, el rumor del agua. No. Me refiero al silencio de los ciclistas. Lo que era algarabía de Carnaval antes del Kilómetro 20 se ha convertido en una solemne procesión de Semana Santa subiendo la Cruz de Fuentes. Cada uno con su cansancio, sus pensamientos y su dolor. Sabiendo que este es el punto crítico. Sabiendo que culminar las cuestas interminables, las curvas que sólo esconden más curvas y nuevos ascensos es triunfar en los 10.000 del Soplao. Todos callados, sofocados, en fila india, sudando ahora porque cae pesado el sol. Bastantes se quedan sin agua, y la piden con pocas palabras, ahorrando esfuerzo, concentrados, serios. Hacer cumbre en Fuentes (Km. 108, 1.265 metros de altitud) se recibe como una victoria. Pero aún falta mucho. Los asistentes de la organización nos felicitan uno a uno. “Venga, que ahora seguro que terminas”. Todos nos lo creemos y, desde el agotamiento, sonreímos agradecidos.
Un par de Kilómetros de subida por carretera con el viento frío en contra enlazan con Palombera y después, con el aire de cola, la ruta enfila hacia la Venta Vieja. En los puestos de asistencia vuelven las bromas y los chistes. “¿Qué quieres: agua o isotónica?” “¿No tienes una moto?”.
El sol todavía está alto. “Este año no se escapa”, pienso. La zona tradicionalmente intransitable de Venta Vieja esta ciclable, aunque con los baches que deja el trabajo de las máquinas, pero es preferible que la BTT brinque a tener que arrastrarla.
Como esperaba, no disfruto de la bajada hacia los Tojos. Hay mucha grava, curvas peligrosas y el codo chilla con cada golpe y bache, o sea, continuamente. Sin darme cuenta son las 19:30, cierro el círculo y llego otra vez a Juzmeana. Allí me espera y me da ánimos mi cuñado, que aguantará hasta el final de la aventura. Ya no puedo librarme de más peso así que el apoyo que me presta es su ánimo, que no es poco. Me paro en el avituallamiento casi por instinto. Es una equivocación. Sólo necesitaba agua, y volver a pedalear me cuesta un montón. Los últimos 10 Km. de subida al Moral por esta vertiente son la última “tachuelilla” del periplo. Al principio todo va bien, pero las últimas rampas se me atragantan.
Miro el altímetro. Parece que se ha parado. Cuando marca 920 m (apenas a 80 del final), con la niebla encima, mi orgullo va donde mis pies: a tierra. Tengo la zona lumbar completamente bloqueada. Recorro las últimas cuestas a pie junto a un ciclista de Burgos. No se ve, pero muy cerca ha de estar el puesto de apoyo y el último sello de paso en los dorsales para completar el Soplao. Empieza a hacer frío y la bruma es densa en algunas zonas. Sin apenas descanso continúo hacia Cabezón. Se hacen especialmente duros los cortos repechos y falsos llanos que hay antes de empezar la bajada definitiva hacia Ucieda. Los cachondos de la organización han puesto un cartel rotundo: “A Cabezón. Todo p’abajo”. La flecha señala con ironía una cuesta hacia arriba; la última, eso sí. De repente aparece algo que no es una visión. Allí sigue el hombre que a la ida nos animaba con un campano y frases de ánimo; allí sigue a voz en grito felicitándonos ya por estar cerca de meta. ¡Qué moral en el Moral! Aflojo el ritmo para darle las gracias, por supuesto.
http://s283.photobucket.com/albums/kk295/foromtbcantabria/?action=view¤t=Soplao2009065.flv
Y ya en pleno descenso, a unos 18 Km. de meta, escucho un ruido inconfundible en la rueda de atrás, la bici pierde estabilidad y empieza a derrapar sin control. Consigo dominarla y al parar no me hace falta una examen muy detallado para saber que ha reventado la rueda trasera. La zona no era especialmente mala, no he visto ni he sentido en el golpe ninguna piedra suelta o arista peligrosa. Más que buscar las causas, debo salir del paso. Continúo unos cientos de metros dando bandazos y buscando salir del tramo en que estaba (muy conflictivo porque bajaban otros corredores lanzados y hay pocos metros de visibilidad) hacia un lateral de la pista sin demasiada pendiente para cambiar la cámara. Al final no sé si enfadarme por la mala pata, mala rueda en este caso, o alegrarme por no haberme ido al suelo.
Cambiar un pinchazo es como curar una herida. Debe hacerse con unas condiciones higiénicas mínimas. Manos limpias, llanta y cámara nueva sin suciedad, nada de tierra, barro o vegetación, etc. Vamos, que cumplo de sobra todos los requisitos. Con el agua que me queda lavo voluntariosamente la cubierta por dentro (por fortuna no había ningún destrozo visible en ella), me pringo con el gel verde, tipo moco del alien, de la cámara antipinchazos (que no antirreventones), y la nueva cubierta está bastante manchada de todo el barro que ha ido cubriendo como una costra el cajetín de herramientas. Los dedos ateridos por el frío que trae la niebla tampoco favorecen la tarea. Quienes sí me ofrecen su ayuda son algunos ciclistas al vislumbrarme en la cuneta. Gracias a todos.
Bajo más despacio aún que de costumbre y en la campa de Ucieda está mi cuñado ya bastante preocupado porque he tardado mucho. Le explico brevemente lo que me ha pasado y me ayuda con ropa seca que viene de perlas para los últimos Kilómetros. Estos Kilómetros sobre asfalto los hago al límite (a mi límite, claro) porque sospecho que un pinchazo en la rueda recién cambiada está al caer (a casa llegó ya deshinchada). Al pasar por los pueblos no me deja de sorprender la gente que está en la puerta de sus casas y sigue animando y aplaudiendo.
Y sin más incidentes (¿es que no ha habido ya bastantes?) llego ¡de día! a eso de las diez menos cuarto a meta.
Siento más alivio que emoción, más tranquilidad que euforia, y sobre todo gratitud hacia todos los que han hecho posible este sueño. Mil gracias. Especialmente a Montse, porque ha tirado de la casa cuando yo tenía el brazo inmovilizado y cuando ahora voy a la rehabilitación, los entrenos o las carreras; porque se preocupa (motivos le he dado) en cada ruta o prueba, competitiva o no, por si vuelvo con un nuevo descalabro; porque duerme aún menos que yo; porque siempre está cerca.
Y sólo pienso: “Ya pasó. El Soplao. El infierno”.
Datos de la ruta
Distancia: 165 Km.
Tiempo total: 13h 46m 57s
Velocidad media: 11,97 Km./h
Puesto en la general: 699 de 912
Puesto en la categoría H35-44: 296 de 390
Tiempo efectivo: 11h 37m 22s
Velocidad media efectiva: 14,20 Km./h
Desnivel acumulado: 4.263 m
http://www.diezmildelsoplao.com
No os perdáis este, lo ha hecho un colega:
http://www.youtube.com/watch?v=M94Rpb0lrEw
